Historias del libro, con su hilo completo
Detrás de cada tarjeta hay una escena, no un callejón sin salida
Las historias de este bloque proceden de El Hoyo: un pueblo de Sierra Morena. Aproximación histórica-social (2010), de José Antonio Fernández Menasalvas. La ficha documental del final reúne la referencia completa y las páginas; aquí las contamos con el contexto necesario para disfrutarlas.
Cómo empezó el libro
Antes de ser un volumen de 221 páginas fue una conversación en la plaza. Fernández Menasalvas recuerda a Bernardino “el practicante” hablando a la sombra de una acacia y una cadena de encuentros con personas mayores que guardaban nombres, trabajos y escenas difíciles de encontrar en un archivo. Aquel banco fue, en cierto modo, la primera mesa de investigación.
La historia importa porque explica el tono del libro: los documentos ponen fechas y cifras; las voces devuelven gestos, apodos y lugares. Una fuente no sustituye a la otra.
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Pantalique, artista y vecino
En 1982, el autor mantuvo una larga conversación con Pantaleón Ruiz Fernández, “Pantalique”. Lo presenta como un artista hoyero reconocido fuera y demasiado olvidado en su propio pueblo. Esa mezcla —orgullo y olvido— convierte su figura en algo más que una biografía: pregunta cuántas personas creadoras se nos escapan por no mirar cerca.
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La Tempo, la DKW y un viaje que no era pequeño
Quico, Sabas, Efrén, Néstor, Julián, Pepe y Maximino aparecen ligados a vehículos y trayectos hacia Puertollano. Hoy una furgoneta parece solo transporte; entonces era noticia, recado, compra, consulta y contacto con el exterior. Recordar la Tempo o la DKW es recordar quién hacía posible el viaje y cuánto dependía el pueblo de cada salida.
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El hato y los apuntes: comer lejos, pagar cuando se pudiera
El hato reunía la comida para pasar días de trabajo fuera de casa; los “apuntes” eran las cuentas que quedaban fiadas en la tienda. Las dos palabras cuentan una economía entera: jornadas lejos, productos que debían durar y una confianza vecinal que permitía comprar antes de tener el dinero.
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Trece cadenas en el camino de La Herradura
El relato conserva un tira y afloja casi cinematográfico: una cadena impedía el paso, alguien la retiraba y otra volvía a aparecer. La cuenta llegó, según la memoria recogida, a trece. Más que una cifra pintoresca, la escena ayuda a entender por qué los caminos tradicionales y la autonomía fueron asuntos tan sensibles.
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La fuente que echó vino
En mayo de 1987, la inauguración de la entidad local coincidió con San Isidro. El libro recuerda que una de las fuentes recién estrenadas echó vino en vez de agua. La anécdota funciona porque pone sabor a un expediente administrativo: después de firmas, reuniones y viajes, el logro se celebró en la calle.
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El carnero de Santiaguillo
Santiago Ruiz Rodrigo encontró un carnero y su familia lo cuidó, pero la Fiscalía de Tasas terminó requisándolo. En el recuerdo, el animal no volvió ni a la casa ni al Contadero. La escena parece pequeña hasta que se sitúa en la posguerra: controles, escasez y familias que medían mucho cada alimento.
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El guarrillo que comía de casa en casa
El guarrillo sanantonero recorría las calles mientras el vecindario lo alimentaba. Al final del ciclo, el animal engordado quedaba para la parroquia. Cuesta imaginar hoy un cerdo suelto convertido en responsabilidad compartida, y precisamente por eso la costumbre explica tan bien otra relación entre calle, animales y comunidad.
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Resti y una calle convertida en escenario
Bandurrias, laúdes, guitarras y el acordeón de Restituto “Resti” sacaban la música fuera. Algunas puertas de la calle Iglesia podían convertirse en escenario y la serenata hacía del pueblo entero una sala. No era un concierto programado como ahora: la música aparecía donde vivía la gente.
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Berruga, Colás y Pantalique en los Carnavales
Sus nombres quedaron unidos a una fiesta que ocupaba la Pista de Teófilo y la Luisa, el Sindicato y el bar del Pajarillo. La lista de lugares devuelve algo que una fecha no puede contar: el Carnaval se movía por espacios reconocibles y tenía personas capaces de darle carácter.
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Los helados de Isabelita de Soca
Entre música, romería y pradera, la memoria conserva un detalle muy concreto: los helados de Isabelita. Que ese sabor siga apareciendo décadas después dice mucho sobre cómo recordamos una fiesta. No guardamos solo el programa; guardamos el calor, la espera y aquello que compartimos.
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Cuando “La Fábrica” se llenaba para ver una película
El cine reunía al pueblo antes de que las pantallas se repartieran por cada casa y cada bolsillo. El nombre de “La Fábrica” sigue despertando recuerdos porque el lugar era más que una proyección: era salida, conversación y experiencia compartida.
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